Yo sentí una extraña sensación de amistad. Como cuando uno sabe que conoce a alguien, que es parte de nuestra familia, alguien cotidiano. Por eso me acerqué, a pesar de la gente que protege su espacio vital. Pero su saludo y su abrazo fueron perfectos esa tarde, yo dije su apellido, porque también lo conocía. Es la virtud de tener un poco de memoria. Usted es el presidente, y yo apenas una persona que recorre las calles. Cómo saberlo amigo entonces, cómo sentir que usted es uno de los míos, o que yo soy uno de los suyos. Por eso no hubo tanta formalidad en el abrazo, era el simple protocolo de calle, la dignidad de la vida que tiene caminos que convergen en estos saludos de Plaza Caracas, en pleno Silencio. Como si la ciudad nos convocara a estar más cerca cada vez, sin barreras que nos hagan extraños o simples despojos humanos en las avenidas. Brindamos con café en nuestro encuentro. Como si la cita, en plena tarde, fuera un pedazo de la gloria. Nuestra gloria de tener un país como este. Usted es el presidente, digo, usted es el comandante en esta hora de la patria. Y rectifico, que aquí todos somos comandantes. Yo soy tan de pueblo como usted, tan humilde como usted, tan casi nada como usted. Pero, caramba, usted es el presidente. Y yo, qué iba a pensar que lo iba a encontrar a usted en plena Plaza Caracas, en una hora en que un café ofrenda nuestra amistad.

A usted yo lo conozco de las plazas, de las avenidas, porque ha andado conmigo, a mi lado, pero cómo que no: usted anda en todas partes, Y no me importa que la otra gente hable mal de usted; déjelos hablar, qué pueden decir que sea nuevo, ¡nada! Déjelos con sus agallas de petróleo y precios bajos, déjelos con sus berrinches de justicia y de salvación de la patria a buena hora, déjelos andar de pueblo en pueblo midiendo con cifras y mentiras nuestras esperanzas, déjelos llenos de odio en las esquinas, la patria se merece la gloria de seguir viviendo estos días, este tiempo, esta historia. Usted piensa en mí, en todos, nadie lo había hecho antes. Nadie vino a darnos la mano con sus palabras, con sus hechos, con su firmeza, nadie. Nadie nos había abrazado a media tarde y nos había tratado como las personas iguales que somos. Qué hablen. Qué digan. Yo me río de eso. A veces me preocupo, pero no me importa, de verdad. ¿Rabia? No. Usted nos ha enseñado lo que es la espera y la esperanza. Y a poner el corazón,  el amor, en cada cosa que hagamos por la patria. Por eso no odio a nadie. Por eso mi mano aún sigue extendida hacia usted. ¿Para pedir? No, yo no le pido nada. Yo le extiendo mi mano para que sepa que lo acompañaré, por ahora y para siempre, en cada minuto de esta gloria ganada.