"En una Revolución se triunfa o se muere, si es verdadera". El Che sabía lo que estaba diciendo, es un reconocimiento a los que, aún equivocados, les va la vida en respaldar sus prédicas. La frase es también un demoledor ataque a reformistas y a deformistas, a los que juegan a hacer Revolución, a los que piensan que ella es un mero recurso retórico. Sus palabras las refrendó con su vida: supo triunfar y supo morir.

La Revolución Bolivariana tiene el difícil reto de ser pacífica y de desarrollarse en un mundo donde el capitalismo campea casi unánime, sin el ejemplo de otra manera de vivir que emocione, en medio de un pavoroso manto cultural que sofoca cualquier pretensión de insurgencia contra el capitalismo. Se desprende que la Revolución , aunque pacífica en su accionar, requiere de un drástico rompimiento con lo viejo, que debe ocurrir primero en el alma de los revolucionarios.

Este es un requisito para poder navegar en las miasmas de lo viejo sin contaminarse, sin caer en tentaciones, sin dejarse seducir por la lógica capitalista donde el revolucionario se formó y que esculpe en su sangre, en su espíritu, con el fuego de la costumbre y de las convenciones sociales.

Los valores y la manera de valorizarse deben cambiar. Todos los hombres del capitalismo lo llevan en su interior, su alma está impregnada de capitalismo. El revolucionario, el que pretenda serlo, debe experimentar un renacer, debe protagonizar en su interior una Revolución mayor a la propuesta a la sociedad.

Podemos decir que la calidad de los revolucionarios determinará la calidad de la Revolución. Un revolucionario a medias no puede producir otra cosa que una Revolución a medias. Una de las principales tareas de los cuadros revolucionarios es protegerse de la tentación capitalista, de la revolución permitida, de los cambios a medias, de la búsqueda de la aprobación de todos. En este empeño difícil, el partido, el colectivo, es una herramienta imprescindible.

La Revolución Cubana subsiste porque fue capaz de forjarse diferente, de diferenciarse de la cultura capitalista y de romper su lógica en la extraordinaria escuela que fue la vivencia en la Sierra Maestra. Allí se educaron en la fraternidad, en los valores realmente humanos, desecharon el oropel del adorno material. Fue suficiente ver a los barbudos bajar de la Sierra , llegar a La Habana en aquel camión, sin parafernalia, arropados por el amor de un pueblo que entendió que allí venían heraldos de un mundo nuevo, hombres nuevos.

Aquellos hombres capaces de soportar entre todos el hambre y el miedo del combate, de socorrer al aterido con su propia cobija, de entender que "toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz", sin más recompensa que la satisfacción del deber cumplido, aquellos hombres dieron una lección de la entrega que reclama una Revolución, de la transformación interna que requiere.

La Revolución está en manos de los Revolucionarios, ojalá nos pongamos a la altura del difícil reto. ¡Con Chávez Resteaos!