Por  Luis Hernández Navarro, de La Jornada de México/ Especial para Página/12

En la Venezuela de hoy no está de moda ser de derecha. Las calles de Caracas están tapizadas con carteles con el rostro del empresario y dirigente político Henrique Capriles, el candidato opositor a la presidencia de la república. En la imagen en que aparece ataviado con una gorra de béisbol con el dibujo de la bandera de su país, el aspirante sonríe francamente, como si anunciara una pasta de dientes. En la parte superior de la propaganda se anuncia: “Abajo y a la izquierda”.

El cartel no es producto de una excentricidad tropical sino parte de una estrategia del bloque opositor. A pesar de ser un empresario de derecha, Capriles se presenta en público, una y otra vez, como un hombre progresista, como un político que, según el encuestólogo Germán Campos, busca recuperar el discurso de Chávez, pero desde la acera de enfrente.

Curiosa ironía: por primera vez en mucho tiempo, la burguesía venezolana tiene un candidato de su clase, de rancio abolengo. Su estirpe se le nota a kilómetros de distancia. Capriles es abogado y cofundador del partido político conservador Primero Justicia. Para formar su organización recibió, antes de la llegada de Hugo Chávez a la presidencia, financiamiento de la compañía petrolera estatal. Su postulación contó con el apoyo de los principales medios de comunicación privados.

El candidato de la Mesa de la Unidad Democrática en el seno de dos familias propietarias de medios. Sus adversarios lo acusan de pertenecer al grupo de ultraderecha Tradición, Familia y Propiedad. Fue un activo participante en el golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002, y encabezó las agresiones contra la Embajada de Cuba en Caracas. Por ello, en 2004, la Fiscalía Nacional lo acusó de violar principios internacionales. Pero ahora se anuncia como el candidato de abajo y a la izquierda.

Este travestismo político, en el que la derecha se presenta como una fuerza progresista, no es gratuito. Como muestran diversos estudios de opinión realizados por firmas como 30.11 Consultores e Hinterlaces, en Venezuela se ha gestado una nueva cultura política en la que el ideal socialista tiene un alto índice de aceptación. Remar contra él es difícil. La mitad de la población está de acuerdo en construir un país socialista, contra 29 por ciento que se opone.

Los ciudadanos asocian ese socialismo con valores como inclusión, solidaridad, cooperación, igualdad de oportunidades, organización, participación y, recientemente, eficiencia. Dos de cada tres personas privilegian los contenidos sociales y políticos de la democracia por sobre las cuestiones procedimentales. El socialismo se relaciona con democracia e igualdad de oportunidades.

Esta adhesión masiva a la causa socialista es un hecho relativamente novedoso. Durante las décadas de los años ’60 y ’70 –dice Germán Campos– se trató de un concepto bloqueado, satanizado entre la mayoría de la población venezolana. Pero eso cambió radicalmente en la campaña electoral de 2005, cuando el presidente Chávez pasó del bolivarianismo, el nacionalismo y el antiimperialismo a asumirse como socialista.

Según Campos, que se presenta sin ambigüedad como hombre de izquierda de toda la vida, este fenómeno puede explicarse como producto de la desestructuración de la vieja cultura política y el surgimiento de una nueva, caracterizada por la emergencia de una sociedad repolitizada. La clave de esta situación –señala– se encuentra en cinco momentos clave que explican por qué los venezolanos han cambiado.

El primero fue la devaluación de la moneda, el 18 de febrero de 1983, que rompió la imagen de que Venezuela era un país rico con una situación económica estable. El segundo fue el Caracazo del 27 de febrero de 1989, la explosión social en la que los pobres de la capital salieron a la calle a protestar, sin organización ni dirección política, en contra de las políticas de ajuste, y que esfumó la ilusión de la igualdad social.

El tercero consistió en la rebelión militar de 1992 encabezada por Chávez, que modificó en la población la percepción de los militares como una fuerza pretoriana, nacida en mucho de su papel como agentes de la represión durante el levantamiento popular de 1989. Un hecho que ejemplifica esta nueva situación –puntualiza Campos– es que el disfraz más visto entre los niños durante el Carnaval después del levantamiento fue el de Chávez con boina roja.

La cuarta pieza de este rompecabezas fue el triunfo de Caldera en los comicios de diciembre de 1993, por afuera del binomio tradicional de Acción Popular y Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei), y la emergencia electoral de una fuerza electoral de izquierda (Causa R) que presumiblemente obtuvo la mayoría de los votos, que no le fueron reconocidos y que finalmente fueron negociados por su candidato Andrés Velázquez (hoy en la oposición). La victoria de Caldera rompió el equilibrio bipartidista tradicional e hizo imposible la recomposición del viejo sistema político venezolano.

Finalmente, el mapa de esta transformación en la cultura política termina de dibujarse en 1999, ya instalado Hugo Chávez en la presidencia, con la masiva participación popular alrededor de la Constituyente, en la que los ciudadanos formularon propuestas y se involucraron activamente en la definición de su propio destino.

De acuerdo con Oscar Schmell, de Hinterlaces, se ha producido un enorme involucramiento de la sociedad venezolana en la agenda pública. En Venezuela –señala– se vive un proceso de inclusión social y la gente respalda el modelo que se ha instaurado.

El enorme peso de esta nueva cultura política y la fuerza de las conquistas sociales del gobierno bolivariano hacen las cosas muy difíciles para Capriles. No puede oponerse públicamente a ellas, a riesgo de perder cualquier posibilidad de triunfo. No puede hablar con claridad de su propuesta política y económica porque sería rechazado. Por eso se ha visto obligado a lo largo de toda su campaña a declarar, como lo hizo el pasado miércoles 6 de septiembre, durante una gira en Lara, que las misiones, los programas sociales (...), el gobierno tiene que hacerlos, “porque ésa es su obligación”.

Por el contrario, el chavismo ha logrado que el presidente represente una visión de país con un alto consenso, y que sea visto en cerca de las dos terceras partes de la población como el futuro. Además, de acuerdo con Schmell, su discurso emocional, como parte de su discurso político, ha sido muy importante para llegar a los sentimientos más profundos de los más desamparados. Sobre todo en sectores populares, donde la vida diaria tiene muchas limitaciones, el discurso amoroso del presidente, su liderazgo carismático-religioso, ha construido algo muy potente e influyente. Por eso puede confesar, como lo hizo el sábado frente a la multitud y sin ningún titubeo, que “en algún momento llegué a pensar que sí, que tendría que salirme de la contienda política, pero gracias a Dios aquí estoy, recuperado”.

Ser socialista en Venezuela es lo de hoy, incluso para quienes son de derecha. He allí parte de la tragedia de Henrique Capriles Radonski y sus aliados. De allí la fortaleza de Chávez.