Caminar por Caracas últimamente se vuelve una experiencia emocionante, se puede uno conseguir en el camino, sobre todo si camina por la esquina de Gradillas, o se pasea por zonas culturales como el Teatro Teresa Carreño, a artistas, poetas, filósofos, políticos, actores internacionales como Sean Penn, en una dinámica de convulsa creación.

Gente reunida pensando en Revolución, haciendo pequeños aportes para lograr grandes cosas.

Caminando el martes 7 de agosto por las cercanías del Hotel Alba Caracas, hoy un espacio altamente productivo para la recepción de invitados internacionales, nos detuvimos un segundo frente a una de las tiendas del Alba que está en el Lobby de sus instalaciones, y de pronto allí estaba con una figura atlética, la piel morena quemada por el sol de Bolívar, un short de cuadros, una camiseta de Londres y una gorra de Venezuela, nuestro querido campeón olímpico, Rubén Limardo.

Hay que ser sincero, costó mucho identificarlo, porque no ostenta ni la actitud ni la vestimenta que se le ve en televisión a otros deportistas internacionales, aún de la misma disciplina que él practica.

La forma en que nos dimos cuenta que se trataba de Rubén, ya que cargaba una gorra que dificultaba ver su rostro, fue por una muchacha que comenzó a gritar desaforadamente “Ese es Rubén, mi amor Rubén, felicidades campeón”, evidentemente nos acercamos a saludar a nuestra estrella.

Lo siguiente nos causó mucha impresión, apenas nos presentamos nos saludó, pero interrumpió la conversación para abrazar a unos niños que llegaron corriendo, y tomarse unas fotos con ellos.

A la par conversaba con sus padres sobre la posibilidad de que los niños practicaran esgrima, porque ellos le habían dicho que querían ser como Rubén.

No salía de mi asombro, en mi cabeza lo que se acostumbra uno a ver en la televisión es la egolatría que envuelve a los deportistas que participan en los juegos Olímpicos, siempre con ropa deportiva de marcas costosas y un aire de prepotencia que les es propio, pero el Rubén que tenía al frente rompía con todo aquello.

Pude compartir un par de palabras con él, y felicitarlo, pero no me salía hacerle pregunta alguna, estaba aún impactado en la forma como abrazaba a la gente, dejaba que los muchachos se pusieran la medalla olímpica, contaba -como quien cuenta una fiesta de fin de semana un lunes en una panadería- lo que había vivido.

En mi cabeza sólo podía pensar en una idea: “Este chamo va a llegar lejos, tiene una humildad tan importante como sus estocadas.”

¿En la radio? ¡claro, vale vamos a hablar un rato!

Mientras hablábamos, una buena amiga y colega, Esther Quiaro invitó a Limardo a una entrevista en el Circuito Libre, que funciona justamente allí en el Hotel Alba.

Yo pensé: “Seguro se niega, debe estar cansado, además las estrellas no suelen dar entrevistas de esa forma”, y por segunda vez Rubén me rompió la marca, sonrió y le dijo a la colega “Vamos todos a la radio, un rato para conversar”.

Lo que dijo Rubén en esa entrevista, y con permiso de Esther, es digno e importante de reseñarles acá.

Rubén comenzó agradeciendo la bienvenida que le hicieron en Maiquetía, afirmó: “se me salieron las lágrimas en el camión cuando vi como me recibieron, muy bonito, ver a esos niños llorando de la alegría me partió el corazón, eso no tiene precio.”

“No sabía la magnitud de lo que me esperaba acá, estaba en Londres relajado, luego de las competencias con algunas entrevistas, pero lo de acá es impresionante, me sentía como una estrella del deporte, pero humildemente siempre, compartiendo con mi pueblo venezolano”, compartió Limardo.

Como decimos los periodistas, Esther no podía pelar la pregunta de lo del metro de Londres, y es que todos nos quedamos asombrados cuando vimos a Limardo montarse en el metro de la capital de Reino Unido, con su medalla en el cuello y conversar con la gente, mientras dejaba que los niños se acercaran a la medalla, y hasta se la pusieran.

La medalla paseó por todo el vagón

“Mira, bueno, fue algo así como que nosotros estamos acostumbrados a regresar siempre de las competencias en carro, en autobús, a pie, y para mi fue normal eso. Me uní a unos venezolanos que venían de Bélgica y me fueron a apoyar a la competencia, no los conocía pero me puse a hablar con ellos porque se fueron para Londres a vernos, me reí mucho porque brincábamos en el tren y la gente se emocionaba, los niños me pedían la medalla y con gusto se las dejé, esa medalla paseó por todo el vagón”, contestó Rubén Limardo.

Cuando aún estaba procesando lo que Limardo acababa de decir, suelta la siguiente idea: “Yo no sé si les gustó, si les pareció bueno o malo, yo lo que sé es que nosotros lo disfrutamos con mi gente de Venezuela en ese trayecto de tren”, con esta frase terminé de entender que Rubén Limardo cree en la gente por encima de cualquier protocolo que le pudiera rendir halago.

Recordé la imagen de cuando ganó el oro, y saltaba por todos lados, y un árbitro le agarró para indicarle donde debía ir, y él continuó saltando.

“Mira bueno como siempre lo he dicho, le digo a los muchachos venezolanos que sueñen, que luchen por sus sueños, que eso es importante, y que cada entrenamiento y cada estudio que hagan ustedes imaginen que van a ser grandes en la vida, es la única forma en que logramos los sueños con éxito. Y creo que lo más importante es que los padres apoyen a sus hijos, porque hay muchos que quieren lograr grandes cosas, pero a los padres no le gusta, y lo llevan hacia algo que no le gusta, y eso no es bueno”.

Resumía Rubén Limardo, como si estuviera dando una estocada para un punto final, una reflexión que es sumamente importante para que la familia venezolana confíe y apoye a su talento dentro del hogar. Más allá del apoyo que el Gobierno Bolivariano, a través del Ministerio del Poder Popular para el Deporte pueda dar, como lo señaló el mismo Limardo, es importante que la familia apoye moral y emocionalmente a nuestros talentos.

Al terminar la entrevista, le dije a Rubén que yo nunca había visto la esgrima –para ser sinceros me apasiona la lucha con espadas pero no le había visto interés a este deporte en mi vida, siempre el béisbol y el fútbol ocupaban mi agenda- pero al verlo pelear a él me había parado de mi silla y había hecho con las manos como si tuviera la espada.

Rubén se rió y me dijo “esa es la idea, que la pasión sea de todos, hay muchos niños que empezarán así”.

Al irse, cientos de caraqueños lo abordaban para tomarse fotos, dejarse firmar hasta la ropa, mientras yo me quedaba pensando en la frase de nuestro presidente Hugo Chávez, “Esta es una generación de oro”, claro que lo es, más allá de por sus logros, porque tienen ese corazón patrio con un valor inmenso.